ELLE | ESPAÑA

El Tiempo de Cura
A través de su lente, EMILIA BRANDÃO rinde homenaje a 150 profesionales sanitarios que, cada día, dan lo mejor de sí en primera línea de la pandemia.
Rosa, Esperanza, Paz, César, Jesús, Piedad… Son algunos de los 150 trabajadores que desempeñan su labor a diario en los hospitales madrileños Gregorio Marañón, Puerta del Hierro y Universitario del Sureste, y a quienes la fotógrafa brasileña, embajadora de Leica, Emilia Brandão (São Paulo, 1982), retrató en Time to Heal. Se trata de un proyecto en homenaje a un grupo de personas extraordinarias que se entregan al máximo y que afrontan los altibajos emocionales lo mejor que pueden. «Hizo falta una pandemia para reconocer su trabajo —dice la artista—. Una pandemia que puso a estos profesionales en primera línea de combate, casi sin equipamiento, y su capacidad de respuesta quedó patente. No son héroes ni tienen superpoderes; son humanos que realizan su trabajo habitual por un bien común: salvar vidas.»
¿Por qué El Tiempo de Cura?
Estamos viviendo un momento de curación de la humanidad. Tanto para ellos, que trabajan incansablemente con el único objetivo de ayudar a los demás, como para la sociedad, por ser una curación del alma.
Siempre hay luz donde hay oscuridad.
Y quienes más la necesitan ahora son todos los equipos hospitalarios, y yo quería proporcionárselo: desde el guardia de seguridad hasta el auxiliar, pasando por el celador, el jefe de cocina y el fisioterapeuta. Todos. Forman una cadena. Y necesitan ese reconocimiento.
Se han convertido en la máxima expresión de la humanidad y del compromiso frente a un enemigo invisible.
Ante el impulso romántico de llamarlos héroes, por su sacrificio sin tener en cuenta su salud, ellos no quieren ser vistos así. Ni como mártires. Sienten ansiedad e impotencia. Fueron lanzados a una guerra sin protección.
Aprovechándose de lo que son sus obligaciones para con la población.
Sin duda. Un colectivo al que el virus ha vencido más de lo deseado. Para mí, son el ejemplo de responsabilidad, humildad, compromiso y cariño que un ser humano puede ofrecer. Dejaron sus especialidades para formar un frente común. Y, por oscura que sea la situación, tienen que seguir, dando lo mejor de sí sin frustrarse y aferrándose a la fuerza que les proporciona el sentimiento de equipo y la solidaridad de la gente.
¿Por qué cuanto más aprieta el virus, más fuerzas de flaqueza logran encontrar?
Porque lo llevan en las venas. Es un desafío vocacional, el de salvar vidas, que afrontan sin espacio para el miedo, con el propósito de reencontrar la esperanza. Almudena, la directora de enfermería del Puerta del Hierro, fue una de las primeras personas que fotografié. Contó que, tras el atentado del 11M, para poder continuar sacaba fuerzas de la rabia. Fue horrible, sí, pero ocurrió en pocas horas. Ahora esto es como un tsunami, progresivo y constante, muy, muy largo, y por mucho que estén mejor o peor preparados en los hospitales, supera los límites imaginables. No se acaba nunca.
Entonces, ¿dónde encuentran el coraje?
En el amor al prójimo. Ese amor que estuvo anestesiado durante un tiempo y que ahora experimentan en primera línea. Están siendo vulnerables.
¿Por qué crees que nos cuesta tanto mostrar nuestras debilidades?
Hay una profesora, Brené Brown, que te desafía a ser valiente y, por tanto, a practicar la vulnerabilidad. Al contrario de lo que se piensa en general, son inherentes; no se puede ser una cosa sin la otra. El coraje de una persona se mide por su capacidad de ser vulnerable. Ellos viven ahora en la arena: con incertidumbre, riesgos y una feroz exposición emocional. Se levantan cada mañana y eligen el coraje antes que la comodidad y sus familias, aunque eso implique tropezar, sufrir y, en algunas ocasiones, fracasar. Tienen la osadía de intentarlo, incluso cuando no pueden controlar el resultado. En este momento están en acción, manteniendo la cabeza fría para no cometer errores y sin tiempo para conectar con la calma dentro de la tormenta. Cuando lo hagan, quedarán fuera de juego emocional y físicamente.
Ellos son la única esperanza que tienen los enfermos de ganar la batalla.
Y es una enorme responsabilidad que viven con una fuerza desgarradora. Están agotados, aunque no derrotados, y son los ojos y la voz de todos los que no pueden agarrar la mano de sus seres queridos. Recogen esa última caricia, ese último suspiro. Imagina oír el pitido del oxígeno insuflando aire en los pulmones de un enfermo, notar que los latidos están a 20 y saber cuál será el desenlace. Y una de las enfermeras que están delante, sin poder más y con riesgo de contagiarse, se quita los guantes y lo toca para que no muera solo. De repente, el latido empieza a subir. Y se salva. A veces, para seguir viviendo, solo hace falta el calor del contacto físico.
La respuesta de todos es titánica. ¿Qué piden a cambio?
Ser responsables, nada más. Su vacuna somos nosotros. Hacen más de lo que se les pide. Si queremos sobrevivir en el futuro, tenemos que permanecer unidos como sociedad. Así que, por respeto, cumplamos con nuestra parte.
Texto: Claudia Saíz

